Ariana Grande cambia los tacones por calzado cómodo: ¿qué ocurre en tu cuerpo cuando cambias de calzado?

 

Si has visto recientemente imágenes de Ariana Grande sobre el escenario, quizá te haya llamado la atención algo poco habitual: sus característicos tacones habían desaparecido.

La razón no era un cambio de estilismo.

La cantante explicó a finales de agosto que estaba recuperándose de un corte profundo en el pie, que llevaba vendado y que le estaba resultando difícil apoyar con normalidad. Por ese motivo, durante los últimos conciertos de su gira decidió sustituir temporalmente sus habituales tacones por un calzado más cómodo.

Y aunque no conocemos cómo está funcionando exactamente su pie ni podemos saber qué compensaciones concretas está haciendo, su situación sirve para plantearnos una pregunta muy interesante:

 

¿Qué ocurre en nuestro cuerpo cuando una lesión nos obliga a cambiar la forma de caminar?

Probablemente te haya ocurrido alguna vez.

Te haces daño en un pie.

Te duele apoyar.

Y, casi sin darte cuenta, empiezas a caminar de otra manera.

Apoyas menos.

Das pasos más cortos.

Cargas más peso sobre la otra pierna.

Evitas determinados movimientos.

Y durante unos días tu cuerpo encuentra la manera de seguir funcionando.

Eso es una compensación.

Y no necesariamente es algo negativo.

De hecho, es una de las herramientas que tiene nuestro cuerpo para adaptarse cuando algo duele o no funciona exactamente como antes.

El problema puede aparecer cuando esa forma de moverte se mantiene durante demasiado tiempo o cuando la causa que está provocando el cambio de movimiento no se resuelve.

 

El pie no trabaja solo

Caminar parece un movimiento sencillo, pero en realidad caminar implica la coordinación de muchas estructuras.

Pie, tobillo, rodilla, cadera y pelvis trabajan conjuntamente para permitir que podamos desplazarnos.

Por eso, cuando aparece dolor en el pie y modificamos nuestro apoyo, también puede cambiar la forma en la que se mueve el resto de la pierna.

Por ejemplo:

  • puedes reducir el tiempo que pasas apoyando el pie que duele;
  • puedes cargar más peso sobre la otra pierna;
  • puedes modificar la longitud de tus pasos;
  • puedes cambiar ligeramente la posición del tobillo;
  • puedes modificar el movimiento de la rodilla o la cadera;
  • puedes acabar caminando de una manera diferente a la habitual.

Esto no significa que una lesión en el pie vaya a provocar necesariamente dolor en la rodilla, la cadera o la espalda.

El cuerpo no funciona con una fórmula tan sencilla.

Pero sí significa que el movimiento de una parte del cuerpo está relacionado con el movimiento de las demás.

 

¿Y qué tiene que ver esto con cambiar de calzado?

Mucho más de lo que parece.

En otoño ocurre algo muy habitual: después de varios meses utilizando sandalias, chanclas o calzado ligero, volvemos a utilizar zapatos cerrados, zapatillas o botas.

Y no todos esos zapatos hacen que el pie se comporte exactamente igual.

El espacio para los dedos puede ser diferente.

La suela puede ser más rígida.

La altura del talón puede cambiar.

El peso del calzado puede ser diferente.

La movilidad que permite puede variar.

Y también puede cambiar la sensación que tenemos al apoyar el pie sobre el suelo.

Por eso, pasar de un tipo de calzado a otro supone un pequeño cambio en las condiciones en las que nuestro cuerpo se mueve.

No significa que un tipo de calzado sea bueno y otro malo.

Significa que nuestro cuerpo tiene que adaptarse.

 

¿Puede un cambio de calzado provocar molestias?

Puede ocurrir que aparezcan molestias cuando introducimos un calzado al que no estamos acostumbrados, especialmente si el cambio es brusco, si el zapato no se adapta bien a nuestro pie o si ya existía algún problema previo.

Podemos notar molestias en diferentes zonas:

  • dedos;
  • planta del pie;
  • talón;
  • tobillo;
  • gemelos;
  • rodilla.

Y aquí es importante prestar atención a una cosa:

No solamente importa dónde te duele.

También importa qué has cambiado en tu forma de moverte.

Si desde que estrenas unas botas has empezado a caminar diferente porque te molestan, quizá el problema no sea simplemente “que necesitas acostumbrarte”.

Puede ser interesante observar qué está ocurriendo.

 

¿Qué puedes hacer si te ocurre?

Lo primero es no intentar aguantar un dolor importante pensando que simplemente desaparecerá porque tienes que acostumbrarte al zapato.

Si el cambio de calzado produce molestias:

  1. Observa cuándo aparece el dolor.

¿Al empezar a caminar?
¿Después de varias horas?
¿Al subir escaleras?
¿Cuando estás descalzo?

  1. Observa dónde aparece.

No es lo mismo una molestia en los dedos que en el talón, el tobillo o el gemelo.

  1. Comprueba si has cambiado tu forma de caminar.

A veces el cuerpo modifica el movimiento sin que seamos conscientes.

  1. Si puedes, realiza el cambio progresivamente.

Especialmente cuando pasas de un calzado muy diferente al que utilizabas habitualmente.

  1. Si el dolor persiste, aumenta o modifica claramente tu forma de caminar, consulta con un profesional sanitario.

No se trata de tener miedo al cambio de calzado.

Se trata de escuchar lo que te está diciendo tu cuerpo.

 

¿Y qué tiene que ver todo esto con la osteopatía?

Cuando valoro a una persona con una molestia relacionada con el pie, no siempre me interesa únicamente el lugar donde aparece el dolor.

También me interesa saber:

¿Cómo caminas?

¿Desde cuándo?

¿Has cambiado de calzado?

¿Has tenido una lesión recientemente?

¿Has empezado a hacer más actividad física?

¿Hay algún movimiento que estés evitando?

Porque dos personas pueden tener dolor en el mismo lugar y, sin embargo, moverse de maneras completamente diferentes.

Y esa información forma parte de la valoración.

 

El cambio de estación también cambia nuestro movimiento

Quizá esta sea una de las cosas más curiosas del otoño.

No solamente cambia la temperatura.

Cambiamos nosotros.

Pasamos de sandalias a zapatillas.

De ropa ligera a varias capas.

De caminar con determinados zapatos a utilizar botas.

Y nuestro cuerpo tiene que adaptarse a todas esas pequeñas modificaciones.

Por eso, si este otoño notas que tus pies, tobillos o piernas empiezan a molestarte después de cambiar de calzado, no tienes por qué asumir que es simplemente “por el cambio de tiempo”.

Puede haber algo en tu forma de apoyar o moverte que merezca la pena observar.

Y recuerda:

tu cuerpo no se mueve por piezas independientes.

Cuando una pieza cambia, el resto tiene que adaptarse.